Es triste cuando desapareces, como difuminada en las pizarras, hecha polvo entre mis sueños, pero dibujada con tinta en mi memoria. Cuando sales de paseo por cielos desconocidos y no me dejas más que un par de palabras que intento repartir equitativamente entre tus horas de ausencia, mis horas de más profundo sentir, el tiempo lento degüella los momentos que podrías estar compartiendo conmigo.
Cuando te borras como historia patria, te caes como las rueditas de mi bicicleta, oxidadas, pero aún instaladas en mi memoria.
Cuando te fundes entre olvidos instintivos e irrelevantes, que vuelvo a recordar al pronunciar tu nombre, que en realidad nunca olvido porque cicatrizaron en mí tomando formitas, como las que veo en las nubes al invocarte en mi café matutino.
Indolente tú, que me resignas a tener conformidad con dos segundos de ti, una pasada frente a mis ojos y parece que todo comienza de nuevo. Indolente tú, que no me debes nada pero yo a ti te debo la vida.
Como cuando resbalaba en el rodadero y me decía mamá: “No llores, le pasa a cualquiera, las niñas se ven feas llorando”. Se repite la historia porque no fue un error, “No llores, eso le pasa a cualquiera, las mujeres se ven feas llorando”, y yo trato de consumar cualquier pena con un traguito de Vodka, pero el licor evaporado me penetra las glándulas lagrimales y me deja igual. No eres tú, es el alcohol.
Es triste cuando la distancia se vuelve corrosiva hasta el punto en el que quiero envenenarme contigo sin importar lo cruel o tortuoso de mi muerte, o mi vida sometida a las secuelas. Es triste cuando eres huella, y unos años después al pasar por el mismo camino ya hay muchas a tu lado, que permanecen mientras la mía se ha borrado.
Es triste beber un sorbo de lo que sabes jamás has de probar de nuevo, que te guste, como tantas, tantos, tantísimos, y ver como caminas hacia el pozo sin fondo en lugar de lanzarte en mis vacíos, aun sabiendo que en ellos, si has de morir, lo harás con una sonrisa implacable en el rostro.
Papá nunca me dejó coleccionar carritos, que lo mío eran las crayolas, que no me distrajera, que había un solo camino correcto y lo mejor de todo, que jamás iba a estar segura de cuál era el que había tomado. ¿Sabes algo papá? Lo mío es manejar el olvido, controlar el curso de sus idas, de sus no regresos, ya no me importan los carritos, tal vez tenías razón con las crayolas, y por sospechoso que parezca no me importa que me olviden.
No me importa que me olvides mujer, no me importa que me olvide el mundo, el ciclo comenzó y quién sabe si deba terminar; no me importa si me olvidas porque Freud se encargará de hacerte recordar, y entonces sabrás que nunca debiste dejarme.
Pero no interesa bonita, nos perdonaremos. Mejor vamos a rechazar tanto pereque, le dejamos los rodeos a la bola de estambre del gato. Y debimos haber sufrido, y debemos después amarnos, y no me importa si te suena a mandato porque a mí ya me lo dijo el corazón.
No creas que por todo esto me sé las reglas del juego, soy un peón y tú la reina.
No creas, cielito, que porque en mí tu recuerdo es sempiterno, se va a desgastar.
No creas, pastelito, que yo voy a dejar de quererte porque ese día nos enojamos.
No creas, pedacito de sol, que porque yo te amo ahora no te voy a amar después.
No creas en todos, conmigo te basta.
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