[…] La memoria me falla ahora y no sé qué pasó en casi una semana, sigo recordando pequeños detalles, flashback momentáneos y tormentosos.
Dormía como si no lo hubiese hecho en años y de un chuzón en la conciencia me desperté pensando en él, en dónde estaría, con quién y por qué, si tardaría, si estaba en su cabeza la imagen de mis huesos andantes. En fin, cerré los ojos y desperté varias hojas en el suelo después.
Las horas se convirtieron en días, en semanas de no saber de sus puercas manos ni de su cabello degenerado, aun así a mi psicología le importaba poco, era mi cuerpo el que se estaba desesperando y entraba en agonía con cada segundo que entraba a mi habitación. No paraba de preguntarme por sus zapatos blancos de plataforma o qué habitación de motel estarían pisando. ¡Que estupidez! ¡Que desespero!
Durante el tiempo que no lo tuve enterrado en mi vientre me iban creciendo gusanos en el estómago, construían sus pequeñas casitas con la comida que no pude digerir mientras estuve con él, “Y aunque el amor ya no perdure, anestesiémonos mientras dure”, le cantaba fuerte por si me pensaba y me alcanzaba a escuchar a ver si así le daba la gana de volver, pero no quiso. Desaparecimos.
***
Me fui un domingo a ver mechicoloradas y pantalones rotos al centro de la ciudad, me tropezaba de vez en cuando con crestas verdes, pares de Reebook puercos, manos aferradas a chorizos que escurrían grasa, y estando sumergida en la dicha de la calle lo supe: Había hecho mal. Debía volver, volver y romperle el corazón. Di unos cuántos pasos hacia el sur, y de la nada me crucé con sus ojos cadavéricos que me hacían morderme las ganas, con una sonrisa me soltó una bomba en el cuerpo, con sus manos rozó mi rostro intentando hablarme, pero yo no entendía nada, era como si yo fuera un hombre de traje y ella una guaricha con medias rotas y labial esparcido entre las comisuras de sus labios. Era como si yo sintiera un infinito desprecio, y él una eterna paciencia.
De ceniza en ceniza el pudor y el disimulo se me iban agotando, los abrazos se me escurrían por su piel, la inconsciencia, el delirio de su presencia me cegó. ¿Pero yo que podía hacer? ¿Ser fuerte? ¿Cómo? Ah claro, recordando que lo odio. Con el orgullo encendido en la mirada me clavé en su ego, tomé su mano, la quité de mis caderas, me di la vuelta y como gato alcé la cola caminando en agonía en dirección opuesta.
Sentí sus pasos ligeros persiguiendo mis sombra a lo largo de unas cinco cuadras diría yo, pero no me di la vuelta, ni siquiera respiré hondo. “Perdón flaca, perdón.” me decía el desgraciado, aprovechándose de que detestaba que me llamara así y además, de que en él descansaba mi dolor, y si él se evaporaba regresaría a mí cada basurita que me saqué en cada uno de los besos que le dejé enterrados en el pecho.
-Vete aunque te suplique clemencia, vete aunque no resista. ¡Ahora! ¿Qué esperas? ¿Que se me quiebre la poca voluntad que me queda? Vete, aunque me entierre viva el sentimiento.
No supe decirle más.
Al llegar a casa no sentía en el alma las lágrimas que me había secado todo el camino. Saludé a mi gata con caricias de esas que me gustaría recibir, tomé las tres botellas de licor sin etiqueta que guardaba en la gaveta y comencé a cantar, pasando con cada trago un recuerdo, hasta el alma, hasta el olvido. “Vivo sola sin ti, sin poderte olvidar ni un momento no más, vivo pobre de amor en espera de quien no me da una ilusión, miro al tiempo pasar y al invierno llegar, todo menos a ti. Si otro amor me viniera a llamar no lo quiero ni oír.” “Me estoy acostumbrando a no mirarte, me estoy acostumbrando a estar sin ti (...) ¡No me toquen ese vals porque me matan!”
Me dispuse –en la medida de lo posible- a borrar esa promesa. A diluir ese camino sempiterno que habíamos comenzado a dibujar con chatarra. Y así se me pasaron las horas entre groserías, ropa interior sucia, comida a medio terminar, alcohol, lamentos, notas desafinadas, sentimiento, Julio Jaramillo y su dolor como mutando con el mío. Como sintiendo conmigo lo que ninguno ha de sentir.
Me pregunto a dónde se irá el tiempo perdido. A dónde se irán mis borracheras cuando la resaca pase. A dónde irán mis pasos mal acomodados, por fuera bien plantados y por dentro indecisos. ¿Qué camino ha de tomar el humo de mis cigarrillos? Ojalá lo respire algún suicida, para que vea que la única razón para vivir, es el sentir.
Me gusto mucho, tienes que revisar un poco gramática para evitar errores sencillos como "se me pasaban" la forma correcta sería "se pasaban". Y pues puede ser tu estilo, pero yo no fragmentaría tanto en parrafos.
ResponderEliminarRespecto al contenido y al estilo... me gusta mucho es muy rico, crudo y fácil de digerir.