lunes, 20 de junio de 2011

Eternidad

Siempre ha funcionado y funcionará así, aunque los finitos, esos que caminan en línea recta no me lo crean. Durante toda nuestra vida caminamos hacia donde nos lo ordena bien sea la razón o el corazón, y le negamos al viento la gracia de mecernos entre sus brazos acariciando la incertidumbre; damos pasos y vacilamos al andar, avanzamos torpemente sin darnos cuenta de que desafiamos la voluntad de aquel que esparce semillas de vida, y a mitad del ciclo, de redención.

Nadie muere, aún bajo tierra estamos vivos, la lluvia nos infla el recuerdo como esponjas y crecemos una vez más en verde color, lentamente y en el limbo de no saber si el destino nos mantendrá colgados o pisoteados. Somos –o fueron- almas en rebeldía y seremos hojas, como pago a la pacha mama por haber desafiado su voluntad con nuestro caminar impulsivo y ambulante, como recompensa a la lluvia que quiso mojarnos cuando corrimos en dirección contraria a ella. Nos desprenderemos y antes de darnos cuenta recorreremos el mundo acariciando, oliendo, viviendo, observando sin querer y guardando en nuestros bordes cada sensación.

El tiempo nos arrullará con sus minutos y segundos que a veces, de mal humor, se nos llevarán la juventud más rápido, y el color de nuestras vidas cambiará, su textura se tornará extraña, como si esos pequeños huesos ya no resistieran otro ventarrón. Transcurrirán nuestras últimas horas y será inevitable la partida, como siempre. Marcados por una pisada, arrastrados por una escoba, o simplemente desmoronados por la soledad.

Volveremos suplicando que nos trague la tierra, para no ver de nuevo la luz, porque nos recuerda que perder el curso natural no es juego de niños. Y nos sembramos acongojados, y volvemos a nacer, y la tierra jamás estará satisfecha.

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