domingo, 22 de mayo de 2011

Ausencia con alas

Lo último que me dijo fue que jamás la olvidara, y yo, su amante fiel, se lo prometí con llanto acumulado en el pecho y un profundo dolor que al parecer jamás se iría. La luna nos observaba y firmó como testigo de nuestros besos, los que sellaron el pacto. Con sus pasos cortos y livianos se alejó de mis brazos, se hacía silueta, se disolvía entre la niebla y de repente en un parpadeo ya no estaba.

Pasaron varios días de silencio en mi habitación, noches enteras recordando el aroma que dejó impregnado en las sábanas de algodón que tanto le gustaban, las que arropaban su cuerpo liviano y meticulosamente moldeado; parecían eternas las horas escuchando esos clásicos de los 80 que adoraba, pasaron meses, de hecho fueron años. Con un poco menos de cabello y más barba estaba aún vivo –aunque no parecía- sin quererlo, tal vez porque ella prometió que estaría bien…no lo sé. Una tarde roja me senté en mi sillón y comencé a narrarle al viento cuentos que había escrito para ella y que nunca pude –o no me atreví- a leerle, en ese momento lo entendí, me daba miedo hacerlo, no la amaba tanto como decía y creía hacerlo.

Después de haberlo analizado durante unas horas decidí que la recordaría pero no dejaría que su partida se apoderara de mi vida. Sin darme cuenta comencé a salir de nuevo, no mucho, pero salía, cada viernes tomaba café en un sitio cercano a mi apartamento, no tenía nombre, como lo que sentía por ella. Uno de esos tantos viernes me quedé dormido y no pude ir a dicho lugar a la hora que solía hacerlo, entonces decidí ir más tarde. Eran casi las nueve de la noche y la taza de café agonizaba hasta que la vi: su cabello castaño me recordó lo que era sentir. Mesero, dos tazas de café por favor.

Tres meses pasaron, no niego que hubo días en los que me sentía abrumado por los recuerdos, pero fueron muy pocos afortunadamente. Meses de gloria y alegría me invadieron, jamás había sido tan feliz, jamás. Tiempo después la invité a mi apartamento a tomar un café y una vez terminamos nos acercamos al balcón, le encantaba hablar de constelaciones y planetas inexistentes. La escuchaba atentamente y en medio de su relato vi un búho que me observaba posado en un árbol cercano, sí, no nos observaba, me observaba. No le presté atención y así pasó la noche, entre café, constelaciones y su cabello castaño.

Esa misma noche me dijo que viajaría con su hermano la semana siguiente, lo recordé el lunes en la mañana cuando me disponía a llamarla. Como soy escritor no salgo mucho, mi oficina es mi escritorio y mi jefe se llama corazón; escribí todo el día, unos tres o cuatro poemas que llevaban en sus letras los profundos sentimientos que guardaba en mis entrañas; para cuando fueron las 10:30pm tomé un café y me senté de nuevo en el sillón a mirar por el balcón: ahí estaba, el búho. Sus ojos poseídos me miraban como si de eso dependiera su vida. No logro entender qué hace aquí.

Cerré los ojos por un instante y recordé aquella vez que la vi mientras tomaba café, su ropa, su rostro joven y sin dolores cicatrizados. Al abrir los ojos el endemoniado búho estaba en mi comedor y traía una rata muerta en el pico. ¡Válgame Dios! ¡Qué porquería! Tomé la escoba y lo ahuyenté. Seguí con lo mío recordando a la recién llegada a mi vida. Me llegó a la mente esa discusión que tuvimos acerca de las familias convencionales, sí que reímos, fue increíble…luego abrí los ojos y el búho estaba en el brazo del sillón, me miraba fijamente y dejó en mis piernas otra rata muerta, de la nada voló por el apartamento hurgando por doquier con un objetivo aunque yo no sabía cuál; de repente comenzó a traerme muchas cosas, un arete color perla, una tiranta negra, una pluma de tinta azul, un pañuelo rosa pálido, unas pastillas para el dolor de cabeza…un momento ¡ella sufría de migraña! ¡Adoraba los aretes neutros, la ropa negra y escribía solo con tinta azul, nada más con tinta azul! Es su ausencia, vino a cobrarme de una vez y por todas, el búho volaba sobre mí y me mareaba con su aleteo, me ensordecía con sus chillidos que eran de todo menos de búho ¡Animalejo del demonio lárgate! ¡Vete ya y no me atormentes! Que infamia la que cometí, olvidar sus caricias y sus tiernos labios, rompí mi promesa y de paso su corazón, volaban por la sala las fotografías, las caras, se reprodujo su cd preferido y yo quería morir, no merezco vida si no es con ella, yo no quiero nada que no sea ella, qué será de mí en medio de este aleteo, de su ausencia con alas; cerré los ojos y esperé, y esperé, y esperé…

Eso fue lo que encontré espiando en mis expedientes médicos, aún así no entiendo todavía por qué estoy encerado en un instituto de salud mental ¿acaso a nadie más le llegan venganzas emplumadas? ¿a nadie?.

2 comentarios:

  1. :) Perfecto el final... perfecto comienzo y desenlace. ¿Ya te he dicho que es perfecto? :) Me ha encantado.

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