jueves, 15 de julio de 2010

Lluvia ácida

No es pecado quemarse con la lluvia.
Y si lo es, pues que me lleve el diablo, pero luego de que venga de el próximo aguacero claro está.

Y cuando el toxímetro invisible marque su escala mayor (en la menor de Bach porque de no ser así esto no tendría sentido) entonces saldré a la calle con mis palmas desesperadas por tocar el cielo inalcanzable y soñado, gritándole a quien quiera escucharme: "¡Mirad incrédulos, mirad y tragad vuestras tercas e insólitas palabras! ha llegado el día, acompañadme y sacad vuestras sucias lenguas con la esperanza de que esta ácida creación netamente humana roce si quiera una remota papila. ¿¡Pero qué es lo que tanto esperáis!? ¿Acaso no estabais ciegamente seguros de que esto jamás sería factible?, que infamia, absurda estática e infinita infamia".

Entonces, al ver que ninguno de ellos sale a recibir el don del cielo totalmente infectado por ellos mismos me tiraré al suelo y esperaré a ser consumida, porque si ellos pudieron consumir la pureza, a mi me puede consumir cualquier cosa.

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