[…]Y con su corazón en la mano suplicaba clemencia a quien nunca había existido. Desataba su furia con alaridos desgarradores que calaban hondo en su propia cabeza, su alma era su propia daga, pero ella fue su asesina.
Su paradisiaco frenesí no era más que su desgraciada enfermedad, la copa de vino dulce con un trago de veneno amargo y escapista en el fondo: la venganza del desdichado claro de luna que un día lo vio caminar por el sendero de la lujuria y el deseo para nunca más regresar. Pero, ¿Quién es el mundo para juzgarlo?, al fin y al cabo es el único camino que no lo condujo a la cordura, su demencia era su religión. Entonces para cuando se hallaba ya desbordante de dicha y saciado de sensación era demasiado temprano, demasiado temprano para terminar lo que aún no comenzaba.
Se abrió paso entre sus venas un frío incontrolable y prófugo, una sensación de fuego nieve y espera que congelaba su vista y hacía arder sus deseos y su infamia. Con su locura casi indomable a la deriva, el sol despierta flamante y su razón se torna disuelta en su propio sudor, ya su cabeza no es más que seso empapado por la lluvia ácida del adiós de su musa[…]
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