domingo, 25 de diciembre de 2011

A Andrea

¿Hola? ¿Estás ahí? No está de más preguntar, seguramente duermes no quieres contestar…quería recordarte que olvidaste tu monedero hace una semana en mi casa, sé que he sido insistente con las llamadas y ni siquiera creo que te haga falta lo que dejaste aquí, en absoluto, sólo quiero ver otra vez come se agitan tus caderas cuando te alejes de mí al recogerlo.

Cuando estreché tu mano esa tarde no sucedió nada, no sentí ese balazo que indicaba permanencia como solía suceder con otras, por lo tanto no detallé mucho durante el encuentro. Encendí un cigarrillo y escuché de tu voz: “Mocca, AndreaMocca”. Inmediatamente el cigarrillo se apagó y lo único encendido era mi entrepierna.

¡Andrea! La magia de tu blusa se hacía evidente, el sonido de tus tacones era blues negro en mis rodillas temblorosas, podía sentir la textura de tus medias veladas recorriendo mi pecho, Andrea, tu única desgracia es no ser mía. Al parecer mi indiferencia en primera instancia te hizo retroceder, tal vez nunca te acercaste, tal vez eras un sueño y yo aún no puedo despertar por más que quiera hacerte real.

Fuimos todos por unas cervezas y no sé cómo, terminamos en mi casa, ya con una buena cantidad de alcohol rondando en tu cuerpo me dijiste acercando tus labios a mi cuello: “Guarda esto por favor no quiero que se pierda.” Me entregaste tu monedero negro, pesaba, pero no tanto como lo haría tu ausencia unos días después.

No quise bailar, me deleitaba ver como tus piernas se enredaban con el jazz, y entre luces tenues de repente ya no estabas.

“Hasta pronto” te dije, y aunque no me escuchaste sentí que mi susurro llegó hasta tu alma.

Bien, creo que, como el resto de mis mensajes escucharás la mitad escucharás menos de la mitad y te desharás de este, per se, no creo que grabes en tu memoria, así que lo diré con más pasión que todo lo que te he dicho hasta ahora, Andrea, VUELVE.

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