Bastó una sonrisa sublime y una tibia caricia para que los ojos cerrados vieran lo único que debían ver en ese instante, los sueños y las ganas.
Suspiro a suspiro, paso a paso, gota a gota se consume el miedo y entra a dominar el alma colmada de magia. Más que entre felinos, entre caníbales se descubre que una mirada sin dueño y un beso en espera no son más que un triste juego de bufones y arlequines desteñidos.
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